“No lo digas, muéstralo” seguramente sea una de las frases más repetidas en todas las escuelas de escritores y talleres de escritura creativa de todo el mundo. Lo cierto es que es una máxima de la literatura que debemos tener siempre presente.
¿A qué nos referimos cuando decimos que es mejor mostrar en lugar de decir? En este artículo trato de explicarlo con ejemplos y de destacar la importancia de que la narrativa tenga una buena visibilidad literaria.
Mostrar en lugar de decir
En pocas palabras, mostrar quiere decir lograr que el lector lo vea, lograr que se forme una imagen (del objeto, personaje o escenario) dentro su cabeza. Sí, es describir, pero describir de una manera concreta y más o menos objetiva. Una definición de la visibilidad literaria sería dibujar imágenes en la mente del lector.
Si, por ejemplo, digo que un personaje está nervioso. Se lo digo al lector, pero no se lo estoy mostrando. Distinto sería si escribiera que sudaba, se mordía las uñas y que no paraba de andar calle arriba calle abajo mientras esperaba a su amigo. Decir que un personaje está nervioso no es lo mismo que mostrar los nervios de ese personaje. ¿La diferencia? Mostrando, como lector, lo veo; diciéndolo, lo escucho del narrador. Después podré creer lo que el narrador me dice o no. Por eso la visibilidad refuerza por tanto también la verosimilitud literaria.
Quién dijo “No lo digas, muéstralo” (Show, don’t tell)
La célebre frase “No lo digas, muéstralo” (Show, don’t tell) se le atribuye a menudo a Henry James. Aunque es cierto también que Chejov escribió una carta a su hermano donde decía: “No me digas que la luna está brillando; muéstrame el destello de la luz sobre los cristales rotos”. Yo creo que Chejov se refería a un concepto más amplio que la visibilidad, como el de crear una atmósfera y una emoción. En cualquier caso, la idea de mostrar en lugar de decir fue pronto recogida en varios manuales de escritura creativa. Hemingway fue uno de los defensores de esta máxima.
Transformar lo abstracto en algo concreto
John Gardner, en su libro Para ser novelista nos habla de la importancia de mostrar en lugar de decir, y de la relación entre lo verosímil y los detalles en la literatura:
El escritor dotado de una «vista» verdaderamente aguda (y de un oído, un olfato, un tacto, etc., de pareja sensibilidad) aventaja al que carece de ella en que es capaz de contar su historia en términos concretos y no solo mediante abstracciones, que, en lo que a vigor se refiere, nunca alcanzan las cotas de aquellos. En lugar de escribir: «Se encontraba fatal», es capaz de comunicar –por medio de un ademán, una mirada o poniendo en boca del personaje determinado giro– los más sutiles matices del comportamiento de éste. Cuanto más abstracto es un escrito, menos vívido es el sueño a que da lugar en la mente del lector. Hay mil maneras de estar triste, feliz, aburrido o malhumorado, y el adjetivo abstracto no dice casi nada. El ademán preciso, sin embargo, refleja con toda exactitud el único sentimiento que corresponde al momento. A esto es a lo que se refieren los profesores de literatura cuando dicen que hay que «mostrar» en lugar de «decir», A esto y a nada más, habría que añadir. Los buenos escritores pueden «decir» casi todo lo que tiene lugar en la ficción que escriben, salvo los sentimientos de los personajes. Se le puede decir al lector que el personaje fue a una escuela privada (no hay necesidad de escribir un episodio que tenga lugar en la escuela privada si éste no es importante para el resto de la narración), o se le puede decir al lector que al personaje en cuestión no le gustan nada los espagueti; pero con raras excepciones, los sentimientos de los personajes se tienen que evidenciar: el miedo, el amor, la excitación, la duda, la turbación o la desesperación solo tienen verosimilitud cuando se presentan en forma de acontecimientos, es decir, de acción (o ademán), de diálogo o de reacción física ante el entorno. El detalle es la savia de la ficción literaria.
Efectivamente, como bien explica Gardner, los términos abstractos no ayudan a que se formen imágenes claras en nuestra imaginación. Decir que un personaje cae mal o bien, no sirve de nada si no mostramos por qué. Tampoco si decimos que es un tipo inteligente o que viste muy hortera (ya se sabe que para gustos colores). ¿Hortera por qué? ¿Va a trabajar con camiseta, bañador y calcetines con chanclas o lleva un mono rosa chicle y zapatos de plataforma? Debemos ser más concreto, más visual.
Mostrar emociones
Esto de mostrar en lugar de decir, es todavía más importante cuando hablamos de sentimientos y emociones. Decir que un personaje da pena o lástima, o que es tierno o arisco, o simpático o antipático, es querer imponer una emoción en el lector y eso es más propio de escritores del montón. Pero tú no quieres ser uno de ellos, ¿verdad?
Si tu narrador es un narrador interno, un personaje de la historia que utiliza la primera persona, la cosa cambia. Podemos entender que en realidad no es el escritor el que opina, sino el personaje. Pero debemos tener mucho cuidado cuando se trate de un narrador externo y estamos utilizando la tercera persona. En más ocasiones de las que me gustaría, leo escenas en las que se hacen apreciaciones acerca de un personaje y me pregunto: ¿Quién lo dice? ¿El narrador o el autor?
Y es que los sentimientos y emociones se expresan mediante palabras abstractas: amor, rabia, alegría, entusiasmo, tristeza, miedo…; y como hemos visto las palabras abstractas no proporcionan la misma visibilidad que los términos concretos. Por eso las figuras literarias pueden ayudarnos también a la hora de mostrar los estados de ánimo o los sentimientos. Se trata de convertir la emoción abstracta en algo que el lector pueda ver. Mejor que decir que estaba triste, decir que desconectó el móvil, puso música de los Beatles y se dejó caer llorando en el sofá durante dos horas.
La adjetivación no siempre es suficiente
Por todo esto que hemos visto, en narrativa, el uso de la adjetivación no siempre es suficiente para caracterizar a un personaje o su estado de ánimo, ya lo hemos comentado al hablar del personaje hortera. Tampoco un adjetivo suele ser suficiente para describir un escenario o para definir una determinada situación o atmósfera. Se trata de ir un paso más allá.
Algunos adjetivos tienen gran carga de subjetividad. Decir que algo es bonito es casi como no decir nada. ¿Bonito para quién? Tenemos que concretar. No basta tampoco, por ejemplo, con decir que el cuadro que pintó la protagonista era hermoso. Nada se dibuja en mi cabeza con ese adjetivo únicamente. Sí podemos describir el cuadro y decir que era de un estilo parecido al de Picasso, Rubens o Van Gogh. Y decir que los críticos de tal o cual academia lo había valorado muy bien, para destacar la buena técnica con la que lo ha pintado, o lo que sea que se nos ocurra. Cuanto más específicos y concretos seamos, más visibilidad tendrá el objeto, personaje o escenario para el lector. Pero no podemos olvidar que la literatura solo se sirve de palabras, tenemos que lograr crear con ellas imágenes.
Por qué es importante mostrar
Lo primero, para dar al lector la posibilidad de sumergirse en la historia con total libertad. “Decir” algo, en literatura, es, de algún modo, imponer algo al lector. Si cuando escribo, “digo” algo acerca de un personaje, de algún modo le estoy diciendo al lector lo que tiene que pensar, lo que tiene que opinar y, en ocasiones —y esto es todavía más peligroso— lo que tiene que sentir. Si, por ejemplo, digo que algo es bonito o feo, o que alguien es atractivo, de alguna forma, impongo mis gustos al lector. Es mejor describir, que sean los lectores quienes opinen sobre la apariencia de un personaje o un lugar.
Trato de explicarlo con algún ejemplo concreto. Si digo que un personaje es torpe, estoy poniendo en él adjetivos que implican una percepción personal, una percepción que es mía como escritora. Les estoy diciendo a mis lectores que eso que hace mi personaje es propio de torpes. Por el contrario, si escribo que era un hombre que todos los días, al salir de casa, tropezaba con el mismo peldaño de la escalera del zaguán, como mínimo, estoy dejando la oportunidad al lector de que opine sobre si el lector es o no torpe. Tal vez algunos lectores solo piensen que es despistado, o que es un soñador y está siempre en las nubes, pensando en cualquier cosa. O tal vez piense que va con prisas. O incluso que es tan sensible que es capaz de distinguir que ese escalón tiene ligeramente más altura que los demás, aunque yo no haya mencionado nada al respecto en el texto.
Es verdad que la neutralidad total del narrador no existe, dado que se coloca en un punto de vista determinado, escoge una forma de mirar. No es lo mismo utilizar un narrador omnisciente que uno en primera persona. Tampoco hay una neutralidad total en el autor, puesto que, de algún modo, la pierde al escoger narrar unos hechos y no otros. Pero, considerando que la neutralidad pura no existe, a la hora de narrar, debemos evitar juzgar nuestra historia y a nuestros personajes.
La visibilidad atrae al lector
Otra de las razones por las que la visibilidad literaria es importante, es porque produce enganche en los lectores. Si el lector ve al personaje, si ve dónde está, lo sentirá más cerca y será más difícil que abandone la lectura. Es una manera de crear empatía. No es que el narrador hable de alguien, es que los lectores están viendo a ese alguien del que habla.
Un buen escritor por eso muestra, describe, no impone su mirada al lector. Si ponemos en práctica ese “no lo digas, muéstralo”, si logramos que los lectores vean el mundo y los personajes de ficción que hemos creado, tenemos mucho ganado para atraer la atención al lector y lograr la ansiada visibilidad narrativa.
Espero que te hayan sido útiles estos consejos para escritores. Sigue cotilleando en nuestro blog literario para seguir aprendiendo recursos.
Otras entradas recomendadas:
Verosimilitud literaria: definición y ejemplos
Bibliografía:
Para ser novelista. Gardner, John.

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